Los de abajo a 100 años de la Batalla de Zacatecas

Los de abajo a 100 años de la Batalla de Zacatecas

A 100 años de la conmemoración del conflicto bélico conocido como La Toma de Zacatecas, se vuelve interesante hablar de la novela de Mariano Azuela Los de abajo, pues tiene como escenario la región de la tierra roja donde en este momento los zacatecanos enfrentan, o padecen, las consecuencias de dicha batalla. En realidad las cosas no han cambiado mucho de manera sustancial. En el campo las cosas parecen inmutables, pues aunque ya no son los federales quienes asolan a los productores, sí es Gobierno Federal quien sigue invadiendo las tierras de los campesinos con sus programas inflexibles de apoyo al campo, que lejos de traer beneficios reales, parecieran consolar a la gente con limosnas a cambio de la miseria con que compran sus productos.

Al igual que Demetrio, que se esconde cuando los federales llegaron a su casa y mataron a su perro, el campesino actual no desea la entrada de los funcionarios federales,  pues parece que sólo llegan para sangrarle. Al igual que Demetrio, la miseria y la pobreza ha agrupado a los zacatecanos en bandos, bandos que llegan a las comunidades, rancherías e incluso ciudades a tomar parte de una batalla que parece interminable. Al igual que en la novela, a los ciudadanos y habitantes de Zacatecas no les queda más que mantenerse al margen rogando a la providencia el no encontrarse de cara con ninguno de los dos.

-¡Hombres malvados, me han matado mi perro!… ¿Qué les debía ni qué les comía mi pobrecito Palomo?

La mujer entró llevando a rastras el perro, muy blanco y muy gordo, con los ojos claros ya y el cuerpo suelto.

-¡Mira nomás qué chapetes, sargento!… Mi alma, no te enojes, yo te juro volverte a tu palomar; pero, ¡por Dios!…

La primera batalla en donde Demetrio y su gente emboscan a los federales luego de que estos quemaron su casa se repite en la actualidad, cuando los grupos de narcotraficantes, conformados en su mayoría por gente nacida en la miseria, se enfrentan con el ejército o la policía federal en las carreteras rurales o en las rancherías.

​El cruento resultado de estos enfrentamientos aparecía entonces como una escena dantesca hace cien años, donde los cuerpos de los federales y revolucionarios tapizaban las calles tras la batalla, pero hoy en día esta masacre es vedada, cegada por los medios de comunicación, como si con ello el gobierno pudiera transformar la verdad, manipulando cifras y contando mentiras a los ciudadanos.

Un federal cayó en las mismas aguas, e indefectiblemente siguieron cayendo uno a uno a cada nuevo disparo. Pero sólo él tiraba hacia el río, y por cada uno de los que mataba, ascendían intactos diez o veinte a la otra vertiente.

Antes como hoy, la ignorancia ante las razones del conflicto impera en los actantes de la batalla. Los peones, tanto federales como revolucionarios, ejército y policía como grupos de delincuencia organizada, actúan bajo las órdenes de sus comandantes, quienes siguen las órdenes de los cabecillas, de aquellos que realmente saben de qué va el juego. Ambos grupos, nutridos, engrosan las filas con gente surgida de la pobreza y la miseria, resultado de una empresa que los poderosos se han empeñado en construir como parte del paisaje de este país.

En la lejanía, de entre un cónico hacinamiento de cañas y paja podrida, salieron, uno tras otro, muchos hombres de pechos y piernas desnudas, oscuras y repulidas como viejos bronces.

Ambos grupos se enfrentan a muerte, sin entender que tienen un origen común, donde a veces hermanos o primos se tienen que enfrentar, siendo que ambos congéneres entraron a esas filas para poder salir de la pobreza, y es sólo, probablemente, por aquellos programas de televisión y esa información manipulada, falseada, que se animaron a tomar un partido, algunos por necesidad, otros por creer que el otro grupo es el malo, la mala hierba que hay que eliminar.

​En ambos casos, los soldados son reclutados a la fuerza, bajo pena de muerte, hay que luchar por que hay que luchar, no importa el por qué o para quién; a los peones les tocó vivir en ese tiempo histórico donde la violencia impera para llenar los bolsillos de unos pocos privilegiados.

Me llamo Luis Cervantes, soy estudiante de medicina y periodista. Por haber dicho algo a favor de los revolucionarios me persiguieron, me atraparon y fui a dar a un cuartel…

La otra escena, donde el ciudadano honesto se convierte en la víctima más vulnerable, en el receptor de los daños colaterales que llegan tanto del bando amigo como del enemigo. Por un lado el ejército, que supuestamente viene a defender a los civiles de la guerra, termina abusando de éste y pisoteando sus derechos; mientras que los grupos criminales, o los rebeldes en el caso de la novela de Azuela, terminan en las mismas condiciones: devastando al civil.

No se trata de comparar al revolucionario con el crimen organizado. No es lo mismo. El momento histórico es otro. Pero no es necesario ser un experto para comprender que en realidad el origen de ambos grupos se vio develado por las condiciones sociales y económicas en que en ambos momentos se vieron inmersos estos grupos.

Los revolucionarios surgen por el abuso de las autoridades y las condiciones económicas del país en ese momento. Son una respuesta natural de la opresión del poderoso, del pisoteo de los derechos humanos a favor de una vida llena de confort y ostentación. Los miembros de los grupos delictivos surgen de la miseria y las terribles condiciones a las que han sido orillados a vivir.

Lo triste del caso es que en la actualidad no hay un grupo que nos dé esperanza. No hay un Flores Magón que se enfrente al sistema tras la trinchera de su pluma, y si lo hay, el presente, construido tal vez en una visión Orwellesca, es una confusión de información que se traga al idealista. El gran ojo, la televisión  y el mundo mediático modifican la historia, la catafixian por un presente ficticio, donde pareciera que el sistema realmente se preocupa por el ciudadano y donde le gobernante se convierte en una especie de superstar que por el sólo hecho de aparecer en pantalla pareciera ser la solución real.

En el presente la revolución es impensable. Lo fragmentado de la sociedad es un rompecabezas sin solución. La pieza parece encajar pero no es la correcta, ¿o sí? Aquellos que recurren a las armas para protestar por su situación son rápidamente enfrentados por el sistema, y su arma más eficaz son los medios. El subcomandante Marcos se convierte en un criminal al igual que su ejército; las defensas ciudadanas son abatidas para regocijo del narco por Gobierno Federal. Las caras bonitas en televisión sonríen y mienten ante la tragedia que abruma nuestro país.

No hay héroes románticos, no hay un Luis Cervantes que aconseje a los comandantes con ideales de bienestar, con imágenes de esperanza.

La revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convierte en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los pobres.

Sólo hay un enorme monstruo insaciable, un grupo de poderosos a los que únicamente les interesa llenar el bolsillo. Empresarios, legales o ilegales, con cientos de brazos como la hidra que se esparcen sobre la ciudadanía en forma de bancos, casas de crédito, tiendas de autoservicios, mueblerías con créditos, deportes con toda una gama de productos que se venden periféricamente aunque en cancha resulten un pésimo show. Existe sólo una enorme masa de peones en potencia que dedican su vida a trabajar para engrosar las arcas del poderoso, y que cuando el dinero no sea suficiente, tendrán que dar su vida en una batalla absurda que sólo servirá para cambiar el poder de manos; pero, probablemente, con el tiempo, las instituciones mediáticas se encargarán de convertirlos en héroes para que dentro de otros cien años su lucha aparezca como algo noble, digno de recordar. n

 

* Docente Investigador de la UAZ

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