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La mitología mexicana

La mitología mexicana
  • Inercia

En la Revolución Mexicana hubo un héroe que trascendió en la cultura hasta alcances inimaginados; nombrado y definido por Roger Bartra como el “héroe agachado”. Para que este personaje existiera tenía que existir un mito, donde él sería la salvación y la promesa de progreso; ese mito es justamente el de la Revolución.

Son muchos los críticos, historiadores e investigadores que han encaminado sus estudios hacia el tema de la revolución mexicana; el tema adquirió vigor con la reciente celebración del centenario de la independencia y del bicentenario del movimiento; en Zacatecas con los presentes festejos del 100 aniversario de La Toma de Zacatecas. La historia oficial se inclina a mostrar a quienes lucharon en tales eventos como los héroes de la patria, sin embargo muchos coinciden en que son más figuras míticas que reales.

La literatura, por su parte, en su calidad de discurso mediato y no inmediato, evidencia otras posturas, como las de Martín Luis Guzmán con la novela La sombra del caudillo y Mariano Azuela con Los de abajo, autores sobre quienes Elsa Cecilia Frost explica que “tanto de la obra de Azuela como de la de Guzmán se desprende la misma desesperada conclusión: todo es inútil; los hombres mueren sólo para que en vez de unos sean otros los que gobiernen, mientras el pueblo sigue en su mismo estado miserable sin enterarse bien a bien ni siquiera de por qué se pelea”.

Con esto se señala un determinismo en ambas novelas: la idea de que nada cambiará.  Por esta razón ambos textos son trágicos, donde los héroes son los indios, quienes están derrotados aún antes de haber comenzado a luchar.

Ezequiel Chávez hace tres categorías de la sensibilidad mexicana: indio, mestizo vulgar y mestizo superior. Mientras la sensibilidad del mestizo vulgar es “cerebral ciertamente, pero intuitiva, concreta, imaginativa”, la del superior es “con tendencias a la formación de abstractos ideales, extensos en unos, raquíticos en otros”. Y en contraposición a los dos anteriores está el indio: “desprovisto en general de cultura y atado por viejísimos tradicionalismos así como por las paralizantes lianas de la superstición y por indestructibles hábitos”; esto explica que no concibe la patria mexicana pero sí su tierra; por eso el indio no defiende ideales políticos.

De esta suerte los héroes en las novelas de Azuela y Guzmán tienen mucho del mencionado tópico; su sensibilidad los ata sólo a un pedazo de tierra que defienden sin importar el bando, los ideales o la lucha en sí; son héroes derrotados porque no conciben el sentido de honor en la guerra.

Ahora bien, Enrique Krauze, en Siglo de caudillos. Biografía política de México (1810-1910) expone que “hubo un país que conservó intacta la mitología revolucionaria a todo lo largo de los siglos 19 y 20: México… Hacia 1940, la palabra ‘revolución’ había adquirido su significación ideológica definitiva. Ya no era la revolución de un caudillo o de otro. La Revolución se había vuelto un movimiento único y envolvente. No abarcaba sólo la lucha armada de 1910 a 1920, sino la Constitución de 1917 y el proceso permanente de transformación y creación de instituciones que derivaba de su programa”.

Es decir, la ideología que reflejan las novelas de Azuela y Guzmán no permanece intacta en las páginas, sino que late aún con fuerza porque al igual que las mitologías de cada sociedad, son sagradas, es decir, veneradas e indestructibles y son la base de rituales, cultura y nación; es parte de la identidad y reflejo de la misma.

Así, la revolución y el cambio que trajo con ella son un mito que nos consume, donde el groso de la población representamos al protagonista vencido, al indio, al héroe agachado. La tragedia nos rebasa y se apodera de nuestros destinos. Y así como las mitologías tienen la cualidad de enraizarse en la vida espiritual de quien las cree, de igual forma, la revolución y sus participantes ya son parte sagrada de nuestra vida e historia; rechazarla o terminarla cobra un sentido de herejía.

Al igual que en los dogmas religiosos, en la cultura mexicana se cree con profunda fe en la justicia como un acto divino, externo y fuera de nuestro alcance, que es solo posible mediante fuerzas extraordinarias. Además, cual mito profético, se está siempre en espera de un mesías que traerá consigo el bienestar, el progreso y la modernización… ¡Y cuantos ridículos personajes han tratado de adoptar tal papel! Edgardo Buscaglia en su libro Vacíos de poder en México explica éste y otros fenómenos como huecos que siempre son aprovechados por la corrupción para fines de terribles dimensiones.

En Los de abajo, cuando se le cuestiona a una de las cabezas del grupo revolucionario por qué pelean, éste toma unas piedras y las avienta hacia el fondo del cañón de Juchipila para responder: “Mira esa piedra cómo ya no se para…”. Lo cual funciona como una perfecta metáfora de la inercia que cargamos hereditariamente en la idiosincrasia nacional: Esto no termina, aunque luchemos, siempre el villano es mucho más fuerte y sin hacerlo consciente, somos nosotros mismos una fuerte parte de ese antihéroe. ■

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