De sermones y tradiciones

De sermones y tradiciones

El jueves 27 de marzo se presentó el nuevo volumen de Hugo Ernesto Ibarra Ortiz, El paradigma sermocinal en la Nueva España, siglo XVII, editado por la UAZ y el Spauaz el pasado año. Vayan mis felicitaciones y unas cuantas reflexiones:

Marcello Carmagnani, en El otro Occidente, explicó, desde una interpretación basada en relaciones múltiples e interactuantes entre Europa y América, la formación de una identidad iberoamericana incubada desde el siglo 16 y configurada hasta nuestros días. El historiador aludía a la importancia de reconocer la adopción, reinvención y circulación de modelos culturales, políticos, de tradiciones sociales y rutas mercantiles que hicieron del encuentro entre Europa y América una nueva realidad, híbrida, compuesta, mestiza.

El proceso de occidentalización a través de la conformación de una identidad iberoamericana tuvo como uno de sus ejes rectores la dimensión de las representaciones culturales. En el ir y venir de cientos de religiosos de Europa a América a lo largo del periodo de antiguo régimen, se fue formando un tipo de representación sacralizada que le daba sentido y explicación al origen del hombre y del universo, a las relaciones sociales, al papel predominante de la institución eclesiástica en la regulación de la vida cotidiana. En ese universo se ubica la rica producción retórica sermonaria que llegó a constituir en el Nueva España el paradigma por excelencia de la transmisión de la religión católica.

En el nuevo volumen de Hugo Ibarra El paradigma sermocinal en la Nueva España, siglo XVII, se destaca justo esta tradición de la oratoria sagrada; en particular el sermón como un tipo de texto discursivo que fue uno de los más significativos durante el antiguo orden monárquico. Edelmira Ramírez Leyva ha mostrado el juego de saturación de la forma de esta pieza literaria a partir de su fuerza persuasiva, de la violencia en sus formas retóricas y al mismo tiempo del deleite orientado a conmover al auditorio.

El sermón gozó de varias ventajas y por ello logró ubicarse en la cima del discurso novohispano y permanecer largo tiempo: fue diseñado por eclesiásticos seculares y regulares, quienes tan sólo por ser hombres de Iglesia tenían a su favor legitimidad ante la sociedad; fue pronunciado en lugares estratégicos donde podía reunirse un número considerable de oyentes: desde lugares al aire libre hasta en los púlpitos de los templos, (la acústica de los templos fue ideal para que la voz emocionada del predicador resonara entre el auditorio); constituyó un tipo de discurso textual basado en la herencia de las sagradas escrituras, lo que lo hizo prácticamente incuestionable; se trató de un discurso inserto en el ritual litúrgico sacralizado, es decir, un discurso esperado, donde la feligresía sabía el momento en que se pronunciaría; fue discurso privilegiado por tratados, preceptivas y manuales para el predicador para hacer del acto de la predicación no sólo un motivo para persuadir y convencer, sino para demostrar la cultura letrada y, en el caso del estilo barroco, mostrar la saturación de las formas en una exquisita lógica del contrapunto.

Estos factores deben sumarse a las demandas discursivas del mundo social. Las diferentes corporaciones y grupos sociales como mineros, hacendados, administradores, comerciantes, artesanos o funcionarios de audiencias, cabildos y tribunales vieron en el sermón la posibilidad de reconocimiento y de aumento de su capital simbólico social. Esto puede constatarse, por ejemplo, con los sermones mandados a impresión por algún interesado mecenas que había patrocinado un altar, la construcción de una capilla, la reedificación de algún templo; el mecenas sabía que su nombre quedaría grabado entre las letras sagradas con el uso de adjetivos como hombre generoso, protector, justo y venerable. Es lo que Carlos Herrejón llamó como el sermón de campanilla. Por nuestra parte, en El artificio de la fe, traté de explicar a este tipo de sermones calificados de circunstancia donde el predicador, desde el basamento de las Sagradas Escrituras, establecía un juego analógico con su realidad social presente. En este sentido, se elaboraron cientos de sermones que se hicieron por crisis de epidemias, de escasez de agua y de azogue, por temblores, sequías o inundaciones. Estos tópicos fueron lo que armó al sermón de rogativa, a diferencia de aquellos que se utilizaron políticamente con dedicatoria expresa por los nacimientos, cumpleaños y defunciones de la familia real como sermones de acción de gracias.

A lo largo de años, Hugo Ibarra logró reunir cientos de sermones impresos publicados en la Nueva España; siguió el consejo de Francisco de la Maza de reconocer en el sermón un discurso escrito que remite a las representaciones culturales de una determinada época. De la Maza se quejaba, no sin razón, del desprecio que habían hecho hasta entonces los estudiosos de las letras, de las instituciones y de la historia por considerar al sermón una “obrilla de poca monta”. Nuestro autor no sólo se reconoció en este llamado de Francisco de la Maza, sino de su continuador, Carlos Herrejón, quien representa a la nueva corriente historiográfica que pone al sermón como objeto de estudio en sí mismo y plantea, al mismo tiempo, su riqueza literaria, su saturación expresiva a través del barroco, su vigencia e importancia para la sociedad. Herrejón Peredo, desde el Centro de Estudios de las Tradiciones de El Colegio de Michoacán, construyó una tipología tópica del sermón novohispano y demostró que la estructura textual sermonaria constituyó fue el basamento en el descansó la oratoria cívica.

Siguiendo los pasos de Carlos Herrejón, Hugo Ibarra plantea una novedosa explicación del sermón a partir de la formación, en la larga duración, de un paradigma sermocinal que llegó a representar, para el mundo novohispano, el modelo del bien decir. Su método de trabajo fue reunir un muy representativo corpus textual a partir de la investigación en diferentes bibliotecas y librerías conventuales; después de su atenta lectura, propuso una inicial clasificación de los impresos según el tópico con tratamiento cronológico para demostrar qué y cuándo se pronunciaron los sermones desde los diferentes púlpitos novohispanos a lo largo del siglo 17.

A diferencia de quienes hemos abordado el estudio del sermón desde la perspectiva literaria o histórica, nuestro autor lo analiza desde la historia de la filosofía tomando como punto de partida la racionalidad implícita del sermón y la teoría de la interpretación: “Hay una relación estrecha entre interpretar y predicar indisoluble en el sermón barroco novohispano. En ese sentido todo discurso es un comentario de algo, en este caso, una exégesis posible de la Sagrada Escritura.” (p. 21). La característica del paradigma sermocinal es que está basado en la lógica dialéctica y en la retórica. La dialéctica para exponer su tesis como probable, y la retórica para su defensa.

La importancia de reconocer esta estructura implícita en el sermón es que su producción, circulación y consumo llegaron a modelar la manera de pensar de los letrados novohispanos y de aquellos quienes se vieron seducidos por su violencia simbólica y argumentativa.

En las principales ciudades del virreinato novohispano, el conjunto de predicadores en múltiples circunstancias de abundancia o adversidad o simplemente cuando pronunciaban su sermón de tabla, lo hicieron a través de una relación dialógica entre una verdad de fe y el momento histórico y social que estaban viviendo. En tal sentido, los sermones fueron ejemplo de interpretación y lectura de su tiempo, sólo por esta razón, se justifica su importancia histórica, literaria y filosófica y por ende, su estudio.

Si bien nuestro autor plantea que el sermón fue, más que un monólogo, un diálogo entre el predicador con su comunidad, considero que el sermón fue un acto dialógico del sujeto con su tiempo a tal grado que llegó a conformar un paradigma sermocinal caracterizado, como lo logra demostrar Ibarra Ortiz, por la agudeza, el ingenio, la sutileza, el símbolo, la metáfora, la analogía, la verosimilitud y la hermenéutica.

Sujeto, tiempo y tradición delinearon, entonces, una manera de decir, imaginar y representar el horizonte cultural del barroco novohispano; factor que le otorgó una gran originalidad al mundo iberoamericano. ■

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