El canto del Fénix

El canto del Fénix
  • Las canicas de Yáñez

En 1947, el jalisciense Agustín Yáñez escribió esa deliciosa novela llamada Al filo del agua. Si es un placer leerla, tal emoción se intensifica cuando uno conoce Yahualica y sus templos y sus calles y su gente que sigue siendo tan religiosa como intestina y veladamente pasional.

Dentro de esas páginas memorables, Yáñez recurre a singular comparación: nuestras vidas son como canicas, cuentas vidriosas que recorren caminos únicos, en diversas direcciones. De pronto algunas chocan. Otras ni siquiera tocan a las otras. Unas van hacia abajo, otras dibujan trayectos transversales.

Él lo describe con estas palabras:

“Aquí esta caniquita va a chocar con esta otra; y aquélla se aleja definitivamente para esperar a la de allá, que no acaba de caer. Luego una más viene a desprenderse con fuerza por alcanzar el ágata detenida en un cruce de alambres, el ágata que todos quisieran perseguir”.

Me encanta esa terrible ambigüedad en la que muchos nos movemos, preguntándonos si hay un guion determinado en nuestras vidas si en tal o cual capítulo aparece el gran amor, la gran pareja que nos “está destinada”, el trabajo ideal, la circunstancia perfecta, cierto culmen de nuestras aspiraciones en alguna etapa o todo es simplemente obra de confluencias, convenciones de intereses, frecuencias que en su trazo topan y encuentran determinada sincronía, y entonces deciden intentar sinfonía por el puro poder de ser creadores creados, dioses inferiores, tomadores de decisiones que pueden resultar acertadas o no.

Podemos preguntarnos si creamos al destino o él nos crea a nosotros. Ya el español Miguel de Unamuno había jugado a la dinámica cruel de hacer que el protagonista de su “nivola” Niebla tocara a la puerta de la casa de aquél para preguntarle, con toda justificación: ¿Por qué quieres matarme? Hermosa metáfora aplicable a quienes imaginamos que podemos reprochar lo mismo a deidad cualquiera.

Somos creadores, incluso, de sistemas de creencias: religiones. Creamos y recreamos lazos con la divinidad que existe superior o interiormente. Somos canicas, sí, pero canicas mágicas, prometeicas, que nos pintamos alas para al menos correr mientras creemos que volamos.

La magia está en la fugacidad, en el presente que se esfuma tras nombrarlo. La magia está en los pies de barro que sostienen la cabeza de oro. La magia está en la maravilla de la evolución: en el tamaño del cerebro que nos permitió pasar de orfebres, fabres, a pensadores, sapientes.

Somos grandes a pesar de esa pequeñez. Somos fuertes a pesar de esa fragilidad. Somos permanentes por saber lidiar con tanta fugacidad. El fariseo Saulo de Tarso escribió tras su conversión dos consideraciones bastante rescatables: nos preparamos constantemente como para correr un maratón que nos consiga una corona que ha de marchitarse; llevamos nuestro tesoro en vasijas de barro.

Quien no ha sentido alguna vez todo este vértigo de ser un humano, quien con esto no se ha estremecido… quizá no merece serlo.

Culmino con Yáñez, otra vez lo convoco:

“Las canicas van rodando a su final destino, lentas o rápidas, contenidas en algún cruce de caminos, indecisas, luego violentamente precipitadas. Como en los juegos de feria, en tablas policromas, con rutas acotadas por clavos. Va rodando la bola”. ■

 

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