Panteones gringos

Panteones gringos

El canto del Fénix

Desde hace algunos años, la pregunta más común en aulas zacatecanas a la hora de hablar de migración era: ¿Cuántos de ustedes tienen familiares viviendo en Estados Unidos? Recuerdo esa dinámica escolar como algo casi rutinario: al menos yo lo viví una vez por año durante unas cinco veces. Creo que ahora esa pregunta tomará otro cariz, uno que a varios de nosotros por supuesto que me incluyo no nos gustará: ¿Cuántos de ustedes tienen familiares sepultados en Estados Unidos?

Escribo sobre familias trasplantadas. La corrupción que desde siempre vive en el sistema político mexicano (y a veces hasta lo lubrica, facilita su errado funcionamiento) ha empujado a abuelos, tíos, padres, hermanos, primos y sobrinos nuestros a eso que con más inocencia e ignorancia que otra cosa hemos dado en llamar “sueño americano”. Por cierto: ¿Sueño de dónde? ¿Desde cuándo tener coche “con aseguranza”, casa de dos pisos, perro bañado con champú y cocina atiborrada de electrodomésticos es el culmen de la realización humana?

Me uno a la queja contemporánea de que no es posible que tantas luchas sostenidas por el humano a lo largo de milenios tengan que culminar en la formación/deformación de un homo consumens, un ser consumista. Alguien ha sugerido incluso que, esclavo de esta subcultura occidental de aprovechar descuentos y remates comerciales, al humano se le clasifique ahora como “detritívoro”. Vaya monstruosidad.

Termino de criticar el término “sueño americano”. ¿Americano de dónde? Sueño americano es el que tuvo Simón Bolívar; no John Quincy Adams y James Monroe. Hablamos de una aspiración verdaderamente continental, que hasta en eso los estadunidenses han usurpado el nombre común para ligarlo sólo a su confederación y, peor, sus intereses imperialistas.

Me resisto a que las políticas económicas de este México lindo y herido sigan empujando a nuestros familiares y a nosotros mismos a dejar los cuerpos en panteones gringos. Si se trata de contestar la pregunta de cuántos familiares tengo sepultados al norte del Río Grande o Bravo, escribo que al menos tres: mi abuelo materno, un tío y un pequeño sobrino. Lo que más me motiva a teclear estas consideraciones son las palabras que hace un mes en Jalpa me dijo mi abuela madre de mi mamá, residente de Chicago, Illinois, desde hace 37 años cuando la abracé para despedirla: “A ver cuándo volvemos a vernos. A lo mejor ni siquiera irás a Chicago cuando me velen y me entierren”.

El sepultado fui yo, por esas palabras losas. Sé que ella, en efecto, no accedería en sus últimos momentos a ser sepultada en tierras zacatecanas, por el afán de que su cuerpo muerto repose junto al de su amado Ramón Martínez. Y ¿por qué lo sepultaron allá a él?, puede preguntarse. La respuesta llega con una lógica poderosa: De los nueve hijos vivos, sólo mi madre se quedó en este país. Los demás tienen “su vida hecha” (vaya expresiones que acuñamos) entre los gringos.

Nuestros migrantes, en fin, no llevaron a Estados Unidos sólo su vida, sino también su muerte. Nuestras tumbas y las de ellos quedarán separadas por ese mismo río que decidieron cruzar para vivir con mejor dignidad que la que aquí pueden encontrar. ■

 

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