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Pan y circo

Pan y circo
  • Inercia

La cultura, según su acepción latina, significa cultivo; Cicerón fue quien la presentó como una actividad del alma filosófica, en la que se busca el perfeccionamiento del hombre en niveles tanto materiales como inmateriales y tiene su génesis en dos razones fundamentales: proveer al hombre de lo que le falta y que el hombre comparta sus conocimientos.

Desde luego que el concepto de cultura se ha transformado en el transcurso de la historia; a mediados del siglo pasado Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn hicieron una compilación con 164 definiciones, en el libro que se titula Cultura: Una reseña crítica de conceptos y definiciones; donde prevalece la idea de que se trata de un conjunto de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, que son usados por sus integrantes para lograr una comunicación efectiva.

Sin embargo, en la sociedad actual la cultura ha sido suplantada por la locución latina “Panem et circenses”, y el pueblo ha aceptado tal idea sin cuestionarla, porque no implica el mayor esfuerzo y por el contrario, permite que tal poder recaiga en el Estado, en quien se confía ciegamente.

 

El arte del negocio

Muchos filósofos, psicólogos, escritores, sociólogos y demás pensadores han tratado de darle una identidad a la cultura mexicana, tarea por demás agotadora puesto que está compuesta por un mosaico extenso de ideas, personalidades, tonos y demás características que le dan variedad. Tratar de catalogar al mexicano en una sola figura es casi imposible. Lo que ha sido una constante es el hecho de que, el arte ha jugado un papel significativo en el análisis cultural.

Durante la conquista, en México, los evangelistas adoctrinaron al indio mediante el teatro y la pintura, con representaciones de pasajes bíblicos. Más adelante, en la época post revolucionaria, el ejecutivo, en busca de la legitimación invirtió una gran cantidad de dinero para el apoyo de artistas, principalmente pintores, a quienes se les pagaban, además de los estudios en el extranjero, cuantiosas cantidades para hacer murales en puntos estratégicos de las ciudades, en los que se retratase al mexicano o bien, la prosperidad y abundancia del país.

De ese periodo datan las pinturas de Saturnino Herrán, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y desde luego Diego Rivera, a quien se le debe la célebre idea de que los mexicanos somos unos campesinos de sombrero, envueltos en un gabán, agachados al lado de un nopal.

El arte ha sido una pieza muy importante para el poder en turno, porque a través de estas expresiones, que generalmente son un lenguaje directo con sus receptores, se envían mensajes emotivos y concretos respecto a determinadas cuestiones y por lo general, con el fin de adoctrinar.

Sin embargo, esta necesidad de que el arte esté en beneficio de un sector muy pequeño y privilegiado de la sociedad, permite cuestionarnos si realmente se trata de arte o sólo de un negocio.

 

La cultura del entretenimiento

En estos tiempos, la vida está planteada en términos de compra-venta, porque cada vez es más difícil tener una vida digna sin tener que someterse a largas jornadas de trabajo. Y también es cierto, que por infortunio, padecemos necesidades paradójicamente innecesarias, lo que nos orilla cada vez más a la esclavitud laboral. Y de esto los artistas no escapan.

Lo curioso es que, debido a este contexto, en México pasan por artistas casi cualquier hijo de vecino. Al hacer una revisión de festivales culturales en el país, se contemplan en estos programas como artistas a cantantes como Emannuel, David Bisbal o Vikki Car. Y la pregunta no es si estos personajes son artistas sino ¿qué concepto nos intenta vender el sistema como arte?

Hoy más que nunca, el arte es propuesto como “entretenimiento”, entendido esto en el principal sentido que ofrece la Real Academia Española: algo que distrae e impide acciones en su receptor o bien, hacer menos molesto y más llevadera una situación. Y el problema no sólo reside en utilizar el arte como herramienta de hipnotismo colectivo, sino en la enajenación del receptor y su necesidad de fugarse de la realidad inmediata.

Se prefiere la distracción antes que la reflexión, lo exterior sobre lo interior, porque al reflexionar o interiorizar, encontramos una paisaje aún más desolador que el de los cuadros de Diego Rivera, en el que no hay ni siquiera un sombrero o un gabán que nos proteja de la inclemencia, no hay ni un nopal del cual asirse. Sólo estamos nosotros agachados.

Hay una esclavitud latente en todo aquel que se entrega a una vida miserable a cambio de cualquier cosa que parezca decente. De ahí que la locución “Pan y circo” sea ya el eje de educación con que crecemos: El circo es el arte de la burla descarada, y el pan es un gran trozo de mierda. Vivimos con ambas partes en nuestra vida, de ello subsistimos y en ello gastamos nuestras energías… Y es una fuente que siempre mana, inagotablemente se alimenta de nosotros. Esta cultura es la que nos mantiene en la inquebrantable inercia de la miseria intelectual y que nos identifica como mexicanos. ■

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