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Subjetivaciones rockeras / Intolerancia a la orden del día

Subjetivaciones rockeras / Intolerancia a la orden del día

Recuerdo que en mi adolescencia platicaba con mis amigos sobre las remotas, por no decir imposibles, posibilidades de que se presentaran en México aquellos grupos que nos parecían míticos; “¿Cuándo va a venir U2 a México?” “¡Huy, hasta crees, pues sólo que sea en tus sueños!” eran parte de las conversaciones, cuando no renegábamos haciendo comparaciones con el vecino del norte, preguntándonos por qué allá hacían tremendos festivales musicales y aquí; todo eso, pese a la distancia, se veía tan distante, y peor aún, nos lo querían hacer ver como algo ajeno a nuestra cultura e identidad, justificándose con los más absurdos e irrisorios argumentos chovinistas.

De pronto, resulta que en cierta ocasión anunciaron que se presentaría –si mal no recuerdo- Rod Stewart en concierto en la Ciudad de México; aquello era inaudito, pocos creían que, efectivamente, el ex Small Faces fuera a pisar tierra azteca. Y no se piense que estoy hablando de la década de los 60 o 70, para nada, mi referencia se remonta a finales de los 80 y/o principios de los 90. Definitivamente, aquello marcó un importante precedente. ¿Por qué fue Rod Stewart? Quizá porque no lo vieron tan nocivo o perjudicial para los castos oídos de la inmaculada juventud mexicana.

Aquel primer mega-concierto de talla internacional despertó muchísimas expectativas; la principal preponderante estaba ávida de que aquello resultara en un zafarrancho para lanzarse una vez más, como lo ha venido haciendo de algunos decenios a la fecha, a satanizar al por mayor, no sólo al excelente cantante, sino al rock en general; además, recordemos que por aquel entonces estaban indignados, porque meses antes, les habían cancelado un concierto que llevarían a cabo en la Pirámide de Teotihuacán, con el también genial Jean Michel Jarre, porque aquello, según las autoridades, ponía en riesgo el invaluable vestigio histórico.

No obstante, en aquella ocasión, en aquel concierto, la audiencia demostró su calidad, como lo ha hecho siempre en este tipo de acontecimiento, y se comportó a la altura de los países más civilizados del planeta. Con un saldo totalmente blanco, los medios más tendenciosos se quedaron con las ganas de llenarse la boca con desacreditaciones, como acostumbran hacer hasta la fecha. En fin, lo bueno fue que vino Rod, y que aquello, para quienes asistieron, resultó memorable. Desde entonces, se hicieron frecuentes las visitas de grandes intérpretes de talla internacional, al grado de que se volvieron, en cierta medida, rutinarios. Y no sólo eso, dichas agrupaciones y cantantes no hacían presencia sólo en las ciudades grandes del país, recordemos en Zacatecas la presencia de grupos como Yes, Il Balleto di Bronzo, Roger Hodgson, Caetano Veloso, Diana Krall, Chic Corea, Kitaro, entre otros gigantes que jamás hubiéramos imaginado que pisaran suelo zacatecano, y mejor aun, totalmente gratuitos.

Parecía que en ese aspecto, México había logrado dar el gran salto, y que por fin, la satanizada experiencia de Avándaro había quedado tan sólo como un desagradable recuerdo. Aquello era como un sueño. Lamentablemente, despertamos y el dinosaurio seguía allí, con su misma furia, con sus mismos castos principios, con su misma capacidad de censura. Por qué digo esto, por lo que se comentó hace algunas semanas en todos los medios y con todos los matices: la cancelación del Festival Hell & Heaven, que, al igual que Rod Stewart en su momento, marcaría un importante precedente. La reacción y el sentir generalizado fue el mismo: el de una total injusticia. No faltó, desde luego, quienes le dieran la razón a los endebles argumentos de las autoridades, sin embargo, a todas luces se apreció que se trató de un acto de intolerancia, seguramente con un trasfondo político.

De pronto, recordé aquellas anécdotas que me contaba mi papá (qepd) y que he leído en diversos libros y artículos, acerca de la represión que se vivió desde mediados de la década de los 60 (y esto sí lo recuerdo) hasta finales de la década de los 80. Escenas nefastas en las que, por la simple apariencia, los jóvenes eran llevados a los separos policiacos, por “atentados a la moral y a las buenas costumbres”. El régimen era totalmente intolerante y se apoyaba, como hasta la fecha, en muchos medios de comunicación. Así pues, los prejuicios estaban a la orden del día, y la sociedad se encargaba de completar ese círculo vicioso de intolerancia y de prejuicios infundados y equívocos. Era de pena ajena. Mis dudas son: ¿Estamos en ese proceso retrógrado? ¿Volveremos a esa época de intransigencia? No quiero pecar de exagerado, espero que no, pero tampoco quiero parecer ingenuo. Toda gran marcha comienza con un breve paso. Ahora fue la cancelación de un festival de metal, ¿al rato que será?

Parece que todo está dado. Los medios, en especial la televisión, se han encargado de ir fabricando una variedad de estereotipos, como dirigidos a que todos los estilos de jóvenes se identifiquen y asuman su papel en el rol de los clichés. La idea es crear una imagen (ficticia, por supuesto) de diversidad, donde quepan todos; sin embargo, todo está fríamente calculado, ya que se trata de tenerlos a todos, por muy rebeldes que parezcan, bajo un total control. Los jóvenes ya no se vestirán a su gusto, para demostrar el tipo de ideología que pregonan; en lugar de eso, se uniformarán para dar la apariencia de que tienen una determinada manera de pensar, aunque esos criterios no lleguen más allá de los límites de la pantalla. No parece gratuita la intención de generarles a los más jóvenes una pantallitis, a través de la cual ellos crean ver la realidad. Tengo la impresión, e insisto, espero estar equivocado, de que están atentando contra lo más sagrado que posee el ser humano, ya no su libertad de pensamiento, sino su capacidad de pensar por sí mismo. Quizá suene exagerado, pero el escenario está montado.

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