Ikki

Ikki

Si alguien sabe del daño que esas mandíbulas podían llegar a hacer, ése soy yo. Se trataba de una fuerza descomunal que no dejaba ir al oponente, por lo menos, en un cuarto de hora, y tras ese lapso de tiempo bastaba una fracción de segundo para tan sólo cambiar de lugar y continuar mordiendo la carne que, de manera premeditada, había sido elegida para la letal dentadura. Entonces yo tenía dieciséis años y una serie de sucesos, hasta cierto punto accidentales, me habían llevado a las orillas de un río casi seco, atestiguando cómo dos perros de pelea se enfrascaban en un altercado que parecía no tener fin. Uno de ellos, el corpulento, ya lo conocía; sabía de sus capacidades y de su fuerza, además de la limpieza de raza registrada en su pedigrí. Era aún más lamentable su situación porque apenas unos años antes fungía como fiel guardián de la casa de unos viejos conocidos. Ignorando la causa que sentenció al pobre animal a tal destino de sacrificio, tardé varios minutos en sacudirme la impresión pese a permanecer alejado de la escena. Estaba más al acecho de que la policía no se hiciera presente que del acto en sí. Mi repudio se debía también al parentesco familiar entre mi terrier y aquél que, luego de una contienda de dos horas, saldría victorioso, con el rostro coagulante a través de los jirones de piel, sin importarle la magnitud del daño; incluso después del desgaste físico y las heridas sufridas, se mantenía con un ánimo que denotaba singular alegría.

Diferente destino tuvo el bull terrier americano que aguardó en casa de mis padres por casi quince años. El cariño y los cuidados que le profesamos desde el destete le hizo mantener en la línea la bravura de su sangre, salvo ciertas excepciones. Mi hermano menor, siendo niño, en sus incipientes prácticas que posteriormente lo llevarían a ser matador de toros, aprovechaba, con toalla en mano a manera de una muleta, las embestidas que el pequeño cachorro emprendía como verdadero toro de lidia. Ikki —así lo llamamos debido a la saga japonesa de dibujos animados que hiciera reminiscencia a los signos del zodiaco— fue creciendo en virtud de una cuidada alimentación, tanto que llegué a cuestionarme si alguna cruza impura había interferido en su genética: un ejemplar normal no llega a exceder los veinticinco kilos de peso y su alzada promedio es de cuarenta y cinco centímetros; el buen Ikki sobrepasaba por mucho el estándar sin perder la simetría de sus formas, guardando una musculatura compacta y ágil, atributos que lo hacían imponente por el pelaje negro atigrado que cubría todo su cuerpo y por la potencia de su cabeza.

Siendo adulto debió infundir temor, quizá tanto como el famoso sabueso de los Baskerville en los parajes desolados del relato de Conan Doyle. Cuando solía pasear con él por el centro histórico, la acera se abría para nosotros solos: la gente, atemorizada por la fealdad de la bestia —quiero suponer que era por él y no por mí, aunque siempre cabe la posibilidad de que fuera por ambos—, se cruzaba de calle para evitar topárselo de frente. Cierta comicidad existía en ese arrebato de histeria colectiva cuando era evidente que, de manera literal, corrían ante nuestra presencia. Era una desconfianza que no tenía fundamento, porque nunca intentó pillar a alguien estando fuera de casa. Tal equilibrio de carácter respondía al linaje del Staffordshire que llevaba consigo: un perro tranquilo, bueno y obediente fuera de su territorio; estando dentro de éste mantenía el mismo carácter pero se añadía un celo atroz de vigilante, implacable hacia las personas que pudiera considerar extrañas. De ahí que todo familiar, amigo o vecino que llegara de visita, antes de saludar con un buenos días o un buenas tardes, era obligatoria la pregunta que podía significar entre la vida y la muerte: ¿está Ikki encerrado?

Tenía un defecto, sin embargo. Hijo de antiguos perros de combate, no recibió el adiestramiento necesario que le hiciera olvidar esa tradición de siglos. Jamás hubo paseo en que no lo llevara sujeto a la correa, pegado a mi diestra, sin tener la mínima intención de cuchilearlo contra el prójimo que, advirtiendo que no tenía manera de defenderse, acortaba la distancia con la franca intención de atacar. Así me involucré en hechos por demás embarazosos: una vez tuve la mala decisión de recoger unos libros en el domicilio de un compañero de escuela. Éste vivía en uno de los barrios peligrosos de la ciudad; cuando regresábamos, un temerario salió al paso. Trenzó a mi acompañante cuando yo lo sujetaba, impidiéndole movimiento alguno. No hice más que soltarlo para que pudiera valerse solo. A los pocos minutos estuvimos rodeados por un grupo de gente afectada por el alcohol y la droga. Con la agresividad que pronostica un mal fin, recibí la sentencia de que no tardarían en traer un par de contrincantes para ambos. En tanto, alguien ya cargaba una piedra del tamaño de un balón de fútbol para azotarla contra la cabeza de Ikki y así liberar a quien había iniciado la trifulca. Todo paró cuando la voz de un adulto señaló que me dejaran ir en paz, que la agresión no venía de nosotros. Casi me da un paroxismo diabético mientras mi amigo iba tan sonriente que la única forma de manifestarlo era a través del alegre movimiento de su cola. ■

 

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