• La envidia por el éxito ajeno

a historia que vivimos no quedará escrita como nace ahora. Como un molde recién hecho, estará sujeto a caprichos finales “del viento u otras manos”. Además, la interpretación de los hechos actuales se dará de acuerdo con los contextos de los tiempos en que se juzguen. Por eso quizá vivimos siempre tiempos imperfectos. Ni los que serán cantados como grandes logros lo son del todo, ni las más fuertes iniquidades están para lamentarse tanto.

Los humanos exaltamos o condenamos, a fin de cuentas, de acuerdo con nuestras filias y fobias. Por esto considero comprensible la permanente envidia de los contemporáneos a los grandes exponentes de su tiempo. Gracias al culto Antonio Alatorre he podido enterarme, por ejemplo, cómo el magistral Lope de Vega detestaba a Miguel de Cervantes, al grado de escribirle un soneto para humillarlo junto con su novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Según cita Alatorre, el soneto culmina así:

 

…y ese tu Don Quijote baladí

de culo en culo por el mundo va

vendiendo especias y azafrán

romí

y al fin en muladares parará.

 

Malas noticias: estamos a merced, por naturaleza humana, de impulsos por quitarnos a manotazos o metidas de pata a quien sentimos que nos rebasa. O aunque no nos rebase. Hablo de la grilla, pantano que subyace en el coctel de la política o eso que damos por llamar política.

El envidioso no sólo ataca al sentirse herido por los logros de otro: también deforma la definición de esos logros. Me lo decía bastante bien un amigo hace unos días: “Debido a la influencia de quien fuera mi profesor, Fulano de Tal, yo juzgaba mal a Mengano aun sin conocerlo. Era porque lo veía a través de los ojos de ese profesor Fulano”.

El envidioso sufre, por supuesto. Con cuánto placer leí hace muchos años ese pasaje de la novela Adán Sánchez, escrita por el español Miguel de Unamuno, en que el protagonista de la historia, Joaquín Monegro, llega al confesionario a contar al cura cómo odia desde la niñez a su mejor amigo. El sacerdote responde imponiendo una penitencia y entonces Joaquín reclama, palabras más, palabras menos: “¿Por qué debo yo irme con un castigo, cuando es Adán quien me provoca este malestar que usted llama envidia?”. El lector comprende entonces el planteamiento del envidioso: ¿No es bastante suplicio ya el envidiar a un tipo que ni cuenta se da del coraje que nos despierta?

La envidia por el éxito ajeno ha sido, es y será algo omnipresente en cualquier generación. Es algo incluso tolerable, perdonable. Ya vimos cómo incluso un genio de la poesía como Lope de Vega no escapaba a ella. Nos falta una consciencia de grupo, el reconocimiento de que somos un eslabón más en la cadena evolutiva, y entiéndase por esto evolución no sólo física sino también de conocimientos, aptitudes, destrezas e incluso actitudes.

No pido una solidaridad extrema: quizá carezco de la calidad moral para hacerlo, ni me considero tan ingenuo. Es pertinente, eso sí, mantenerse despierto entre quienes parecen dormir. La envidia por el éxito ajeno puede detener o distraer nuestro recorrido hacia las plenitudes que podemos alcanzar. Eso sí sería imperdonable.

 

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