Así de simple: una fotito

Así de simple:  una fotito

Sin bien se contiene, ejerciendo la mayor de las paciencias para mantener la calma, con un esfuerzo que no en pocas ocasiones está a punto de sobrepasar su tolerancia, Malinka, mi mujer, respira profundamente a la vez que desearía volver a la edad de los diez años, cuando ganó un campeonato nacional de taekwondo. Imagina que entonces sí podría aplicarle a su interlocutor el más grande de los derribos, no sin antes haberle propinado una buena patada en la boca del estómago, de ésas que sacan el aire para luego tragar polvo, con la intención de que aprenda a no volver a pronunciar semejante tontería ante su presencia. Hay gente tan necia, tan burra, tan insolente, que logra llevarla a un punto donde, al ver la imposibilidad de la regresión temporal, lo único que le queda es dejar caer sobre su gran cabezota hueca, con un lo siento tras el incidente, ya sea su Canon con el sobrepeso del telefoto o la Hasselblad si por circunstancias especiales la llevara consigo, aleccionando con chichón incluido que el medio formato no es comparable al treinta y cinco milímetros. Pero lo piensa con detenimiento y seguro no vale la pena la abolladura que podría sufrir cualquiera de sus preciadas cámaras. Termina por dejar que el individuo hable, desahogue su ignorancia, dando por concluida la petición alegando que tiene el tiempo medido porque hasta el fin de semana, o hasta el fin de mes, o todo el año en curso tiene una carga descomunal de compromisos laborales. Otra vez será.

Siempre sobra la ocasión —sea por mensaje, o por teléfono, o atreviéndose a tocar la puerta de la editorial— en que se presenta un músico, o un pintor, o un académico, o cualquier hijo de vecino que requiere, ipso facto, una foto, nada más una, porque es necesario para un catálogo de arte, o para un disco, o para un libro; el objetivo es dejar constancia, en el devenir de la comedia humana, de su labor creativa e intelectual. Argumentando qué es una foto, sólo una foto —o una docena— para una mujer que en los últimos diez años ha registrado millares de sucesos, lugares y personas, el susodicho busca la manera de imponer sus condiciones, la tasación del trabajo y la composición visual junto a las posibilidades de futuras intervenciones en Photoshop. Ante tales circunstancias, Malinka siempre se ha preguntado algo: si es una simple fotografía, por qué no se la toman en cualquier cabina de instantáneas, aquéllas que rondan en las centrales de autobuses o estaciones de metro; si es una foto sencilla, común y corriente, igual da pedirle a un amigo o a quien pasa en ese instante que haga el favor de hacerla con su celular o una cybershot que es posible comprar en cualquier tienda departamental. Lo mismo sería visitar un establecimiento donde llevan a cabo estudios para pasaporte, visados y títulos universitarios. Habiendo tanto de dónde escoger, no hay razón para recurrir a ella.

Cuando ha tenido que acceder y ya poco importa el motivo que la llevó a ello, surge una peculiar torsión en el sentido común de las cosas que, ocasionalmente, termina en malos entendidos, en interpretaciones inciertas sobre el manejo de los créditos de la imagen. En octubre pasado, mientras visitaba imprentas en la Ciudad de México y Malinka estaba recluida en una hacienda en Cocoyoc en un curso para editores, me encontré con una antología que congregaba dos siglos de arte mexicano. Me la acercaron como prueba de la calidad que la maquinaria Heidelberg era capaz de ofrecer. Conforme pasaba las páginas y autentificaba con cuentahílos en mano que la impresión superaba por mucho la digitalización de las pinturas allí reunidas, casi al final encontré con agrado una obra registrada por ella y, como era de esperar, sin su crédito correspondiente ni el pago oportuno que en su momento se había apalabrado con el artista en cuestión. Más pronto cae un hablador que un cojo, pensé. Recapitulé la supuesta mortificación de éste cuando se le entregaron las fotografías de sus piezas. Según él, era un material que no había servido y sobraron pretextos para no cumplir con el trato. Confiado, creí que esos archivos se habían ido al bote de basura. Sin embargo, al hojear el libro, no tuve ningún resabio y es verdad: me limité a comparar esa reproducción con las restantes. Fue gratificante saber que era la mejor.

La historia del hipotético artista es similar a la de otros: solicitan la ayuda para ser favorecidos en circunstancias que requieren no sólo celeridad sino cierta calidad que rebase el estándar convencional, sobre todo porque sienten que la fotografía hereda una supuesta trascendencia atemporal en el preciso segundo en que entra en contacto con el arte. Es una peculiar manera de concebir la catalogación de la obra. Lo curioso del caso es que nadie, salvo raras excepciones, quiere asumir el costo de la reproducción: galeristas, artistas, curadores, editores, diseñadores, directores de museos, ninguno está dispuesto a costear dicho proceso pero sí asumen que es menester que sea una copia fiel del original: colores, texturas, brillos y contrastes precisos. ¿Por qué no están dispuestos a pagarla? Quizá porque se trata de una elemental foto que, pese a la brevedad de su toma, contrariamente no cualquiera la puede realizar debido al cuidadoso trance de su preparación. ■

[email protected]

Banner Home Videos 578 x 70

Related posts

Banner Home Videos 578 x 70