Oh mujeres, mujeres tan corruptas

Oh mujeres, mujeres tan corruptas

Faltan unos días para el 8 de marzo Día internacional de la Mujer, y los asistentes de políticos en eterna precampaña ya alistan las flores que regalarán en las calles, escriben elogios y loas, organizan conferencias, homenajes, y ceremonias diversas para celebrar a quien ese día se reconoce, para luego volver el 9 de marzo a la discriminación habitual,  y a los prejuicios acostumbrados.

En contrapeso de quienes desgañitarán gargantas en discursos elogiosos de las mujeres y de los amnésicos de los pecados éticos y políticos de las homenajeadas, recordemos hoy la trayectoria de la mujer más destacada de lo que va del sexenio. No, no nos referimos a la actriz Angélica Rivera, que aunque robe cámara hasta a su señor marido, su papel ornamental no hace más que perpetuar la idea de la mujer como accesorio escenográfico.

Hablemos de Rosario Robles, cuya trayectoria podría resumir casi por sí misma a buena parte de la clase política, pues incluye de todo: sindicalismo, activismo en la izquierda (en su caso, como en los de algunos otros, sólo como enfermedad de juventud), chapulinazo, nepotismo, amoríos con repercusiones públicas, y también, como sólo podría verse en México: renacimientos entre las cenizas para ser hoy secretaria de Desarrollo social.

Economista por la Universidad Nacional Autónoma de México, Robles inició su carrera política en el sindicato de dicha institución, de 1988 a 1993, formando parte del comité ejecutivo. Paralelamente participó en la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), donde fue consejera nacional y secretaria de Movimientos Sociales.

Fue diputada federal y más tarde secretaria de Gobierno del Distrito Federal de 1997 a 1999, cuando Cuauhtémoc Cárdenas era jefe de Gobierno. Una vez que éste pidió licencia, Robles lo sustituyó. Posteriormente fue presidenta nacional del PRD de 2002 a 2003, cargo al que renunció presionada por la militancia debido a los resultados electorales que su gestión había logrado y al endeudamiento que dejó en dicho partido por 409 millones de pesos con Televisa.

Aunque para entonces ya había caído en desgracia, el mayor escándalo vino en marzo de 2004, cuando el empresario Carlos Ahumada, con quien Robles sostenía una relación sentimental, filtró a la prensa videos donde aparecía René Bejarano, Ramón Sosamontes y Carlos Imaz recibiendo dinero de las manos del empresario.

Con el innegable propósito de perjudicar la imagen de Andrés Manuel López Obrador favorito en ese entonces para ganar las elecciones en el 2006, los videos tuvieron su efecto inmediato pero no permanente. AMLO pudo librarse de ese ataque al no poder demostrársele relación alguna con dichas operaciones.

Hasta ese momento, Rosario Robles a pesar de las polémicas, era considerada una mujer inteligente y capaz, con posibilidades de que su vida política creciera aún más, incluso a niveles de presidenciable. Sin embargo su participación en el escándalo la manchó. Si ella enviaba a sus colaboradores a recoger el dinero que Ahumada entregaba, ¿acaso eso significaba que era orden suya la filmación?, ¿era idea de su pareja sentimental pero contaba con su venia? ¿Había caído ella misma en su condición de mujer enamorada en una trampa?

Ahumada, quien hoy la demanda al igual que a su ex partido por más de 200 millones de pesos, poca lealtad le guardaría. En su libro Derecho de réplica Ahumada cuenta una anécdota de Rosario Robles que la dibuja patética. La historia es así: Robles y el propio Ahumada fueron a cenar  a casa de Carlos Salinas de Gortari antes de que los video-escándalos salieran a la luz. Haciendo el tour por la residencia, Rosario observa detenidamente la banda presidencial en una vitrina que había portado Salinas años atrás. Conocedor de esas ansias, Salinas de Gortari abrió la vitrina y le puso la banda a Robles, quien denotando una ambición vulgar y casi infantil, concedía ante Salinas y se ponía de modo (en el amplio sentido del término) para que le fuera colocada la banda presidencial.

Complacido, Salinas reafirmaba “te queda muy bien”.

La perdimos…

Robles fue criticada por hombres y mujeres de todas las ideologías políticas. Algunos le llamaban “traidora”, los más benevolentes “tonta”.  Pero para muchos el caso de Robles era emblemático, las mujeres demostraban con ella su fracaso para gobernar, sensibles, como son, son incapaces de separar lo sentimental de lo político. Quién sabe que digan hoy que Robles volvió a los escenarios.

Con el aparente ocaso de la carrera de Robles se concentró la atención en otra mujer, también con trayectoria en la izquierda: Amalia García, pero la poca aceptación con la que terminó su gobierno la dejó fuera de cualquier aspiración mayor.

Los aciertos y errores de ambas son en buena medida juzgados en función del género. Si les va bien, es por ser mujeres, si les va mal es por la misma razón. Uno y otro argumento no hace más que reiterar el prejuicio, mientras éste no sea superado, no habrá 8 de marzo, ni cuotas de género que transformen la indiscutible inequidad. ■

 

@luciamedinas

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