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Bordando ideas a partir de la metáfora de la guerra

Bordando ideas a partir de la metáfora de la guerra

La criminología en México, está obligada a hacer frente a una masiva victimización, que adquiere proporciones que han llevado a distintos actores a plantear la hipótesis de un patrón  propio de los  Crímenes de Lesa Humanidad: + de 30,000 desaparecidos,+ de 100,000 homicidios, un número superior de desplazados, un tejido social desgarrado y doliente, una sociedad en estado de shock.  Cifras de pesadilla, las repetimos, cada vez que podemos, porque, en contra de quienes privilegian por la ley de la fuerza, apostamos, contra la amnesia social, por la paz con justicia mediante la fuerza de la ley.  Especialmente, cuando observamos,  en este mundo al revés (rechazándola) la imposición de  una hoja de ruta, aquella del proyecto del 1% (versus el 99%). Para conseguirlo, una ínfima minoría de las élites políticas y empresariales (tanto extranjeras como nacionales), utiliza, entre otras significaciones, la metáfora de la  guerra, empedrando -con ella- el camino por el que nos precipitamos… el de (nuestra) “tragedia persistente”.

Atándonos con ella, la metáfora de la guerra, “leitmotiv” del pensamiento hegemónico, es aplicada (especialmente) a la criminalidad. Por un lado, es usada para  intervenir el imaginario social empujando hacia una (supuesta) unidad solidaria, donde en aras  de la seguridad pública (es decir, de la “razón de Estado”) el laboratorio “bélico” sirve para programar una  movilización  social (total),  contra el enemigo interno (y/o, externo), recurriendo a mixturizaciones diversas;  mezclar tareas milicianas (paramilitares) y policíacas, entre otras. La sociedad se divide –intoxicación/ideológica-. A la jerarquía de los salarios y de las rentas, se superponen, las jerarquías de los poderes fácticos. Desigualdades y fracturas se vuelven muros “fronterizos” (en movimiento), cortan el tejido social, provocando atrocidades y crímenes (también de personas inocentes),  excluyendo, estigmatizando, condenando sin apelación posible. Capturando solidaridades y empatías (teletones y narcocorridos).  Por otro lado, aplicada a “grupos sociales” con perfiles considerados de riesgo (las consideradas “clases peligrosas”, concepto por demás elástico que puede  llegar a incluir… desobediencia civil, protesta social) suele conllevar: arrestos masivos, vigilancia represiva, cárcel-sin debido proceso- junto a la privatización del sistema penitenciario (y, de todo lo público que sea rentable),  torturas, ejecuciones  sumarias, impunidad, etc.

En el plano ideológico, la metáfora de la guerra, justifica los crímenes. Con la delincuencia, la racionalización facilita la neutralización de la culpa (negando la existencia misma del daño,  disminuyendo el valor humano de la víctima); con la  “guerra” se facilita aún más, juegan los automatismos propios de las significaciones activadas, justificando las atrocidades y crímenes,  gracias a la convencionalidad del… “obedecer órdenes”, “del deber cumplido”, o, en otro plano, por la fuerza de los vínculos incondicionales forjados por quienes  se juegan la vida en los enfrentamientos armados.

Matar, estaría ligado –entonces- a una sensación de inmortalidad, donde “el entusiasmo por la sobrevivencia  [se vuelve…] un poder  social destructivo”, que gatilla –una y otra vez-  el pasaje al acto (acting out), multiplicando así, tanto los “crímenes cometidos en situaciones de guerra” (delitos predadores, operaciones económicas ilícitas, violencias personales), como también, los “crímenes de guerra” (crímenes de Estado). Imponiendo una relación con el tiempo social (escenarios bélicos de carácter “informal”), donde predomina la repetición mortífera, la pulsión de muerte. El odio de sí mismo, por la ruptura psíquica que en los orígenes del psiquismo nos constituye como seres humanos, es actualizado  y dirigido –cristalizando-  en el deseo  de destrucción y eliminación de los otros, puede alcanzar un furor y paroxismo  extremos, visible en  las masacres de Ruanda, o en  los linchamientos, masacres y enfrentamientos  en México, o en los crímenes de Estado.

La metáfora de la guerra, de esta manera,  opera mediante  una reingeniería –efectiva- del imaginario social,  construyendo –así-  el nuevo animal social-histórico (en cuyas entrañas vivimos ahora)  donde lo que prima es la  fragmentación de los vínculos sociales, donde triunfan  la crueldad, y otros valores elevados a culto: el dinero por el dinero, etc. Desembocamos  en la balcanización, empujados por relaciones de fuerza y antagonismos brutales. Escenario funesto: se entroniza una sociedad piramidal de cárteles, redes mafiosas y paramilitares, con múltiples lazos con el establishment, donde la lucha por el poder diferencial entre las élites –nuevas, o no-,  es motor de nuestra “transición”, y  causa eficiente de la imbricación “normalizada”  entre lo legal y lo paralegal.

Contra este panorama -nada edificante/a peor- (sin Elyseum para  antropófugos utopistas),  solo luchar tiene sentido… pero ¿Cómo hacerlo?  Debemos pensar juntos,  elucidar a fondo  los problemas que nos afectan. Autoinstitución lúcida y permanente de la sociedad que somos.  Quise exponer esta metáfora, antes de abordar lo propuesto por Edgardo Buscaglia: implementar controles judiciales, controles contra la corrupción, controles patrimoniales y controles sociales.  En espera de la cita con el procurador, para dar continuidad al trabajo (como sociedad civil) sobre las personas desaparecidas, apuntamos a mejorar la justiciabilidad para las familias-víctimas. ■

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