Día de la eliminación de la violencia contra las mujeres

Día de la eliminación de la violencia  contra las mujeres

La segunda cita, acordada en Monterrey, por las diversas organizaciones de la sociedad civil que nos reunimos, interesados en construir los modos progresivos para apoyar a las víctimas directas o indirectas, de las desapariciones forzadas o involuntarias, motivadas por el deseo de ir tejiendo una agenda común, una acción coordinada, en nuestros respectivos espacios locales, relacionados con la no violencia contra las mujeres.

Por la fecha, establecida por la ONU en 1999, es obligado el enfoque de género, que poco a poco a lo largo del pasado siglo, como escribe Castoriadis, se configuró como resultado de una transformación socialhistórica -más importante que la revolución rusa o china-… “el cambio de la situación de la mujer y su papel en la sociedad, un cambio que no constaba en el programa de ningún partido político, y que se ha efectuado de manera anónima, cotidiana, por las mismas mujeres, sin que ellas explícitamente se representaran sus finalidades; durante décadas, durante las veinticuatro horas del día, en casa, en el trabajo, en la cama, en la calle, ante los niños, ante el marido, han transformado gradualmente la situación. Es algo que los planificadores, los técnicos, los economistas, los sociólogos, los psicólogos, los psicoanalistas, no sólo no previeron, sino que ni siquiera pudieron verlo cuando empezó a manifestarse”.

Esa inmensa creatividad social desplegada por la mitad de la humanidad, pierde una parte de su intempestiva capacidad, al caer en la camisa de fuerza de lo “políticamente correcto”, como constatamos actualmente, cuando observamos cómo, mientras los discursos oficiales saturan la mediática “infóesfera”, de diversos modos se evita ir a la raíz, exponiendo las cortantes y más sangrantes aristas de una situación de injusticia estructural -que clama al cielo, vivida y padecida por las mujeres, expresada en las diversas formas de violencia, con las que son (re)victimizadas, siguiendo un continuum cuyos manifestaciones extremas son la violación sexual, la trata de blancas, la desaparición forzada o involuntaria, el feminicidio.

Se trata entonces de visibilizar –con este motivo- las atroces consecuencias de los casos de desaparición forzada o involuntaria; recordando que para miles y miles de familias y de grupos plurales de sobrevivientes, eso implica vivir en una angustia sin fin, en un suplicio persistente en medio del demencial despliegue de imágenes y relatos monstruosos, incesantemente producidos por un “modelo de guerra” -iterativo-, cuyos significados parecen desbordarnos, hundiéndonos en una especie de shock que nos paraliza; y no nos alcanza, con señalar, que para avanzar en su elucidación, es necesario considerar el complejo político, social, económico y cultural que sirve de matriz. Necesitamos ir más allá, participar directamente en la creación de un tejido asociativo, donde las propias víctimas directas o indirectas puedan construir espacios de resiliencia, de solidaridad, de empoderamiento para relanzar sus exigencias de justicia, de verdad, de reparación del daño. Urge realizar un diagnostico objetivo y veraz, de la situación actual, considerando –siempre- que se trata de un continuum, que va desde la violencia en la infancia, hasta la impunidad, incluyendo las violaciones a los derechos humanos. Se trata, entonces, de hacernos cargo, con especial dedicación, para cultivar un conjunto de capacidades, con la convicción, de qué, en estas situaciones límite, debemos descubrir/inventar/crear la parte de verdad que guarda aquel verso de Hölderlin… “Ahí donde crece el peligro, crece la salvación”.

En un periodo que comprende varios años, son 179 las personas desparecidas reportadas en la página web de la Procuraduría de Justicia del Estado de Zacatecas, de las cuales 20, son mujeres.

Araceli Rodríguez Ledesma, María del Rosario Raygosa Gutiérrez, Rosa González, Claudia Belmontes Rodríguez, Karina Natalie Hernández Corona, Lorena Escobedo Pérez, Verónica Cecilia Perales León, Darelia Salcedo Mauricio, María de la Paz Ortiz Ramírez, Carolina García Vázquez, Dulce Alejandra Rivera Juárez, Blanca Itzel Hernández Colunga, María del Rosario Carrillo Campos, Rubí Robles Gámez, Angélica Valenciana Pérez, María Monserrat López Trejo, Laura Elena Aguilar Cosío, Silvia Stefanie Sánchez Viesca Ortiz, Alejandra Figueroa de Lara, y un cuerpo calcinado, no identificado, de sexo femenino.

No nos corresponde -ni podríamos- diferenciar entre ellas. Pero, siguiendo a Reyes Mate, apuntaría, desde la perspectiva de la “justicia memorial”, que una tarea colectiva fundamental: es la de poner en el centro de nuestros marcos mentales colectivos, a la injusticia, partiendo siempre de las víctimas, lo cual implica un trabajo permanente y explícito de la memoria (actualizando a W. Benjamin…“que nada se pierda”-). Se trata de un recorrido indispensable para “afirmar la vigencia y para salvaguardar la universalidad de la justicia”. Sin paz con justicia y dignidad, la tarea de construir un mundo común, se vaciaría de sentido. Los familiares de las víctimas nos han mostrado -con su lucha- el camino para reconstruir nuestra trastocada economía moral, sólo acompañándolas aquilataremos su valor, como principios para superar tanta injusticia. ■

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