Noncordia Cacional

Noncordia Cacional

Desde antes de la llegada del castellano al valle de Anáhuac, han tratado de alcanzar las personas que habitan casi por accidente estas tierras, siguiendo en no pocas ocasiones los procedimientos descritos en lustrosas fórmulas extranjeras y con el pulcro ahínco que saben mostrar las sociedades jóvenes, aquel estado de bienestar colectivo que los más entendidos denominan “concordia nacional”, y sin embargo –hay que decirlo-, pese a la dignidad de todos nuestros esfuerzos, hemos cosechado casi siempre miserables fracasos en el tema, considero, por dos razones fundamentales: la primera consistente en que se hayan redactado diversos capítulos de nuestra historia nacional usando el tintero de la usurpación; la segunda tiene que ver con la simple ausencia de una premisa fundamental, pues la concordia es consecuencia de la justicia, y al no existir ésta, aquella resulta inalcanzable.

Sobre la usurpación existe una biblia de ejemplos que van desde la interrupción de la genealogía tolteca, justificada por medio de una perfumada y exitosa propaganda mística de origen azteca -hoy adoptada incluso como escudo nacional-, hasta los actuales casos de ruidosa elocuencia que podemos encontrar sin buscar mucho, en los últimos treinta años de elecciones presidenciales que esta nación de temperamento centralista, aunque bien maquillada con cosméticos baratos al estilo de las repúblicas, ha padecido. Es decir que la usurpación ha sido en no pocas ocasiones el motor de los sucesos han ido labrando el rostro nacional, y como la historia la escriben los vencedores –en este caso, los usurpadores-, no hace falta más que hacer repetir como un dogma a las nuevas generaciones la versión ideal de los hechos, hasta que el engaño quede signado con fuego en el imaginario colectivo y consiga perpetuarse como hito, o en el peor de los casos, al menos se logre justificar bajo la perspectiva de la distancia temporal, que tiende a empequeñecer los sucesos de la misma forma como las cosas del suelo se encogen de magnitud para la vista del águila que asciende. Lo cierto es que con cada arrogación queda siempre un residuo de inconformes, históricamente fáciles de barrer bajo la alfombra con el trillado discurso del progreso, empero hoy, gracias las herramientas verdaderamente democráticas con las que contamos cada vez más ciudadanos, resulta día con día más difícil para los usurpadores diluir a los descontentos.

Ya se entiende que tras la usurpación queda siempre el hedor de la injusticia, pues en ésta reside la esencia de aquella, pero imaginemos por unos instantes, en ejercicio hipotético, que en México aunque existe la injusticia nunca luce la máscara de la usurpación, es decir, hablemos de una situación muy básica de ausencia de justicia, consistente en la mera incapacidad de alcanzar la equidad que pregona como fundamento nuestro actual modelo social. Ahora bien, tratemos de atacar al tema por los flancos de la real incongruencia: hoy gozamos de los beneficios de una sociedad emancipada donde tenemos el fundamental derecho de poder buscar nuestra felicidad y realización personales, tanto como el que más, porque todos somos iguales. ¡Falso! Aunque estamos libres de los medievales sistemas de castas y el oficio de nuestros padres no será la condena de nuestros hijos, no es verdad que tengamos todos las mismas oportunidades de desarrollarnos en el mundo, pues pese a los magníficos esfuerzos de dar a cada quien lo que se merece, por ejemplo, en el tema de las oportunidades se ha fallado, pues hoy en día la cuna donde nacemos sigue determinando en gran medida nuestro destino, y aquel chavalín de inteligencia evidente -todos conocemos uno- con dificultad prosperará bajo las reglas establecidas, puesto que no tiene la posibilidad de educar su intelecto ya sus necesidades materiales básicas no están cubiertas -debe vender dulces para subsistir-, y está condenado además, a sufrir el escarnio social más ridículo: el desprecio de sus connacionales promovido por un discurso oficial que responsabiliza por completo al individuo de su pobreza, pues resulta más fácil definir al pobre como holgazán, que admitir que la corrupción impide la eficaz aplicación de los recursos; es más cómodo acusar de fracasado a un individuo, que declarar fallido a todo un Estado; y por supuesto que resulta más benéfico simular que se lucha contra la pobreza, que verdaderamente luchar contra ella, pues en caso de hacerlo se corre el terrible riesgo de erradicarla, y en una situación tan ominosa, ¿cómo podrían traficar nuestros nada inocentes gobernantes con las necesidades de la gente?

Basta ya de que se rasguen nuestros hipócritas líderes sus vestiduras con el discurso de la concordia nacional. No habrá concordia nacional en tanto el poderoso siga promoviendo y el pueblo siga permitiendo el vulgar ejercicio de la usurpación. A lo más que se podrá llegar -considerando la historia, que tiene a bien recordarnos la longitud de nuestros rabos-, será a una paz augusta al estilo del imperio azteca, de la Colonia, del Porfiriato, o de del priísmo del siglo pasado, pero nunca a una verdadera concordia nacional, pues hasta que no se le regrese al pueblo su original noción de Justicia, su definición básica de equidad, seguiremos viendo pasar sexenios orlados por manifestaciones que irán desde las marchas silenciosas hasta las guerrillas armadas. ■

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