De los pobres y su ingenio

De los pobres y su ingenio

Del corral donde había una veintena de nopales y en una de las esquinas plantado un árbol famélico de pirul, y de entre esas yerbas el papá de Elodia sacó unas viejas tablas para construirle la cajita donde la sepultarían. Ella -bebé de 13 meses- murió de tosferina en el mes de julio de 1961.

Eran pobres. No tenían casi seguro para sembrar en el próximo temporal. La niña murió luego de varios meses de tratarla con curaciones de las abuelas que mucho sabían acerca de esas enfermedades. Las madres no chistaban y daban las bebidas a base de yerbas del campo con la esperanza de que los menores sanaran.

Este era el caso clásico de por estos rumbos. La mamá postrada en su doble condición por un lado haber nacido mujer -como se decía por aquellos años- y tener que cuidar a los niños mientras los hombres se la pasaban como proveedores de rancho en rancho en las fiestas o simplemente en la chorcha con los amigos de aquellas rancherías desoladas y sin futuro.

El caso de Elodia no era ajeno a esta realidad. La madre cuidándola día y noche. Haciendo la comida para el resto de los hijos. Sumida en la complejidad de sus problemas agudizados por la pobreza de la tierra y su condición olvidada por las autoridades de aquellos años.

Su marido cuidando en ocasiones a sus vacas y chivos, jamás reparó que tenían que irse a la cabecera municipal para curar con médicos a la menor que día a día moría un poco. Una aguda tos “le golpeaba sus pulmoncitos”, decía la mamá.
Cuando intentaron ir a Fresnillo era demasiado tarde la vida de Elodia languidecía. Sus papás habían conseguido unos doscientos pesos para ir a ver a Elías un boticario que atendía su farmacia que quedaba justo atrás del Hemiciclo a Hidalgo.

Este conocedor de la medicina y sabedor de casos graves, solo recomendó que retornaran a su comunidad a esperar lo ineludible: la muerte de la niña.
No se los dijo así, sin embargo eso lo intuyó la mamá quien le comentó a su esposo: “Este hombre no nos dijo la verdá, solo nos dio unas pastillas. Yo miro y veo muy delicada a mi hija…nos regresó a que mi hija se muera en el rancho…encomiendo a Dios, nuestro señor, la vida de mi hija ¡¡vámonos!!”.
Los barruntos de desgracia estaban echados. Sin retorno, la muerte lista para llevarse una víctima más de la pobreza.

Un grito sucedido por llantos intermitentes pero fuertes anunció la muerte de Elodia menor que ya no soportó más la tosferina y sucumbió.

De las otras cuatro casas salieron. Primero las mujeres con delantal se asomaron seguidas por los hombres que azorados fueron en dirección de la casa enlutada desde ese día.

Con la desgracia acuestas y los pésames dados por los de la comunidad, el papá de Elodia inició en esos mismos instantes la construcción de manera artesanal, la cajita donde sepultarían al día siguiente. Con lágrimas apenas confundidas con el sudor, dos horas después terminó el féretro.

La abuela paterna acudió y ayudó en todo. Sorbía y sorbía la nariz. Se limpiaba el llanto con un viejo pañuelo blanco percudido por el tiempo y uso. A Elodia la colocaron sobre una cama de olorosas ramas de Encino en una mesa de madera sin pintar.

Pasaban todos a mirarla. Se Santiguaban. Algo decían a solas sin dejar de mirar a la infante yerta.

Toda la noche la pasamos en penumbras, porque las envidiosas nubes no dejaron alumbrar a la luna. Aparatos de petróleo fueron encendidos para ver mejor.
Al día siguiente de rezos y llantos, un largo cortejo encabezado por un viejo carretón partieron de San Luis, comunidad enclavada en parte serrana rumbo a la orografía de donde vienen algunos Huicholes de vez en vez.

La sepultaron en el panteón de Abrego. Allá descansa desde ese 1961 sin más compañía que la blanca lapida que da fe de esa fecha.

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