Subjetivaciones rockeras / El rock contra la privatización

Subjetivaciones rockeras / El rock contra la privatización

I

Son varias las ocasiones en las que nos hemos dado cuenta de lamentables hechos, en los que jóvenes de escasa edad optan escapar de sus problemas por “la puerta fácil” (que de “fácil” realmente no le encuentro nada) y en las que, absurdamente, se ha intentado inculpar a rockeros famosos de inducir a los susodichos a tomar la fatídica decisión, por medio de las letras de sus canciones. En todos los casos en los que esto ha sucedido, los músicos han sido eximidos por falta de pruebas, y por ser acusados con argumentos débiles y prejuiciados.

Con lo anterior, me da la impresión de que lo que trata de hacer el sistema, por un lado, es buscar culpables sobre situaciones problemáticas de alto riesgo, que le atañen al Estado en cuestión atender, y que reflejan una descomposición estructural de la sociedad en algunos de sus ámbitos o sectores; es como querer tapar el sol con un dedo. Pero por otro lado, cuando se hace una acusación de esa índole, lo que escuchamos es a grupos conservadores poderosos, tratando de acallar a uno de los movimientos sociales más determinantes de las últimas décadas: el rock.

II

Hace poco me enteré, gracias a los medios electrónicos, de que en Reino Unido se acaba de abrir la carrera universitaria de heavy metal, en la que se brindarán los elementos necesarios para que músicos, cantantes, compositores, managers, etcétera, logren conformar grupos mejor estructurados, que les garanticen una exitosa trayectoria. El proyecto, que arrancará en septiembre próximo y que me recordó de inmediato a la divertida película Escuela de rock, protagonizada por Black Jack, cuenta ya con una larga lista de aspirantes a ingresar, y no sólo de Gran Bretaña.

III

La primera parte del texto no deja de ser un asunto serio que, ciertamente, debe llamar la atención, pero que no se va a resolver tratando de inculpar a quienes representan un problema o molestia para algunos sectores sociales, principalmente los más conservadores. La segunda parte no deja de ser divertida e interesante, aunque debo admitir que, desde un principio, me generó ciertas reservas que a continuación deseo exponer. Ambos asuntos, aparentemente disímiles, desde mi particular punto de vista, convergen en un tema que me resulta por demás atrayente y que quiero abordar en las siguientes líneas.

¿Por qué esos grupos ultraconservadores pretenden satanizar al rock, como lo han hecho desde hace décadas? ¿Cuál podría ser el trasfondo de la creación de una carrera universitaria de heavy metal, que, no obstante, promete aplicar todo el rigor académico en su currículo? Pienso que lo que se pretende muy en el fondo es quitarle al rock un elemento que le ha brindado gran poder, pésele a quien le pese: su permanente afán de incidir en la vida pública de las sociedades en las que se desarrolla. En otras palabras, propiciar que los temas que aborde el género se refieran única y exclusivamente al ámbito de lo privado.

La mayoría de los estilos y géneros musicales más populares, al menos en México, hablan sólo de problemas sentimentales y afectivos; esas temáticas suelen tener grandes arrastres, porque aluden y expresan situaciones emotivas que quizá no se hubieran podido decir de otra manera, pero en la totalidad de los casos, se refieren al ámbito privado de las personas, a lo que pasa en su vida íntima o amorosa, nunca a lo que afecta o atañe al conjunto social. En estos estilos musicales no se habla, ni por equivocación, de los problemas que afectan a la generalidad, de las lamentables situaciones que laceran diariamente a los grupos más desprotegidos, de las injusticias de las que cotidianamente somos víctimas en mayor o menor medida. Todo allí se remite al amor, al desamor o las traiciones sentimentales. Lo anterior resulta bastante cómodo para el sistema, ya que, de este modo, las personas seguirán ensimismadas y no reflexionarán sobre su realidad inmediata, lo que derivaría en una serie de exigencias que resultarían molestas a los grupos que detentan el poder en cualquiera de sus formas. Entre más preocupado estés por tu vida amorosa, mejor para nosotros, dicen los poderosos.

Estas expresiones musicales se convierten, así, en un mecanismo de privatización, gracias al cual la gente se olvida de lo público, que también le pertenece y le afecta de manera directa. Lamentablemente, para ellos (los poderosos), esto no ha podido suceder con el rock, ya que por más que se le ha intentado acallar, éste siempre señala, critica, denuncia aquello que le parece o le resulta injusto, incorrecto o arbitrario. Eso, desde luego, no deja de ser molesto para quienes pretenden que todo quede justo como está. El rock ya fue capaz de marcar importantes paradigmas sociales durante el periodo romántico del siglo 20, y eso puede volver a suceder. Entonces ¿qué hacer para evitarlo? Pienso que allí es donde entran las acusaciones sobre situaciones que el Estado se ha visto incapaz de resolver (recordemos que, incluso, en la lamentable matanza de Columbine, en Estados Unidos, se trató de inculpar indirectamente a un cantautor de rock pesado), o ahora, por qué no, crear un sistema positivista y funcional, por medio del cual se determinen y delimiten modos de concebir y hacer heavy metal; seguro, soy severo con mis comentarios, y espero, de verdad, estar equivocado, pero sólo el tiempo lo dirá. El chiste es hacer que el rock adquiera ese carácter privatizador, propio de los estilos musicales de los que hablábamos líneas arriba.

Empero, como es sabido por todos aquellos que nos apasionamos por el rock, éste se ha caracterizado por abordar temáticas que resultan difíciles e incluso incómodas para algunas conciencias, que insisten en pensar que los asuntos delicados de las sociedades deben ser atendidos exclusivamente por los especialistas o los profesionales en o del tema. Desde mi punto de vista, nada más equivocado que eso. El rock, como lo he mencionado una y otra vez a lo largo de mis participaciones en este prestigioso medio, no sólo es un estilo o forma de hacer música, es un fenómeno que ha trascendido contundentemente a otros espacios sociales, no sólo denunciando las injusticias que se cometen a lo largo y ancho del mundo, que ya es mucho decir, sino también actuando en consecuencia y en congruencia con su naturaleza filantrópica.

Amnistía Internacional (AI)¿Quién de nosotros, por mencionar un ejemplo, no recuerda la serie de festivales Live Aid, organizados por Bob Geldof, en los que se pide a los países más poderosos reduzcan las deudas de las naciones más pobres y sometidas del orbe? También vale la pena recordar las giras internacionales realizadas por Peter Gabriel, Sting, Bruce Springsteen y Tracy Chapman, entre otros, promoviendo el respeto irrestricto a los derechos humanos, por medio de Amnistía Internacional (AI); las aguerridas campañas en contra de la contaminación y el calentamiento global, abanderadas por U2, en Greenpeace, o los gritos de protesta y exigencia de justicia por las muertas de Juárez, lanzados por grupos como Caifanes, en México, y así por el estilo, conciertos, agrupaciones y canciones que denuncian y señalan. Para no ir tan lejos, en Zacatecas se han llevado a cabo audiciones en las que se convoca a reunir kilos de víveres, cobijas o juguetes, para donarlos a los más desprotegidos (a mí me tocó organizar uno en el que un grupo de fuera vino a tocar de manera altruista, al saber el propósito del concierto).

No menguarán las intenciones de privatizar las temáticas del rock; de una u otra manera, siempre existirá el objetivo de acallar su naturaleza rebelde, irreverente y cuestionadora, elementos que a su vez son parte esencial de su poder y energía. Esperemos que eso perdure, y que el momento en el que nos bebamos un rock descafeinado y con mucha azúcar nunca llegue.

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